Hace unos cuatro meses, en una de las sesiones de mentoría que suelo realizar con jóvenes, conversaba con un emprendedor muy exitoso para su temprana edad de 28 años. Nuestra conversación fue luego de una de sus múltiples recaídas de salud motivadas por largas jornadas de trabajo, un régimen alimenticio desbalanceado y desordenado, poco esparcimiento, cero ejercicios físicos y pocas horas de sueño.
Durante nuestra conversación, le indiqué lo siguiente: “Como buen emprendedor que eres, sabes lo importante que es conservar los activos físicos en las mejores condiciones posibles para que puedas sacarle el mayor partido, prolongar su uso, evitar costos innecesarios de mantenimiento por desgaste evitable e incluso impedir su obsolescencia prematura. Lo mismo sucede con los activos financieros. Hay que buscar la forma de optimizar y maximizar su uso y su rentabilidad”. Su respuesta lógica fue: “Así es, don Ney”.
Procedí a expresarle: “Lo que te voy a decir es mi apreciación a partir de la poca información que tengo. Considero que has olvidado que el principal activo de tus negocios eres tú. Si tú no estás bien, lo demás tampoco lo estará”. Jamás olvidaré el rostro pálido de aquel joven al escuchar aquello. La realidad es que él estaba tan enfocado en todo lo que estaba haciendo que se olvidó de estar bien él mismo. Desde ese día, aquel joven cambió su estilo de vida y sus negocios están mejor que nunca.
Conversaciones como estas me han llevado a preguntarme con frecuencia por qué tantas personas en posiciones de liderazgo son las últimas en pensar en sí mismas. ¿Por qué siendo inteligentes —y conscientes de lo que les conviene— llevan con más facilidad y rapidez sus vehículos al taller de mecánica por un pequeño ruido o a sus mascotas al veterinario por un aparente malestar antes que ir al médico por una dolencia que arrastran desde hace días? Les confieso que aún no tengo del todo la respuesta.
En retrospectiva, creo que me sentí con autoridad de decirle esto a aquel joven, pues, aparte de la confianza que existe entre nosotros, le estaba hablando desde la experiencia. Yo mismo fui por muchos años de los que, como diría mi gran maestro, el Dr. Stephen Covey, “estaba tan ocupado conduciendo que se olvidaba de echar combustible”. Los efectos y el impacto de este desenfoque total en mí salud y bienestar me pasaron factura a los 35 años y me hicieron cambiar mi estilo de vida para siempre.
Luego de aquella pequeña crisis hace 20 años, he hecho dos cosas que me han ayudado mucho. Primero, he priorizado la compensación. En este sentido, he asumido que el equilibrio permanente entre vida personal y laboral es un mito, y que siempre habrá muchas situaciones que me exigirán mucho, ya sea física, mental o emocionalmente.
Lo importante es que ya he interiorizado que, cada vez que tengo un sobregiro en algún rol, debo compensar lo antes posible para que las aguas retomen su nivel. Y de la misma forma que he dado mi todo en algo, debo dar mi todo para compensar y descomprimir de alguna forma. De esto hablo en profundidad en mi libro, RESTART.
Segundo, he incorporado en mi rutina de vida lo que denomino “hábitos neutralizantes’. Tal y como conté en detalle en este editorial de Gestión, La esencia, uno no puede renunciar a su esencia. En mi caso, hice las paces con el hecho de que mi personalidad y sentido del compromiso me hacen estresarme con frecuencia. En este sentido, incorporar hábitos neutralizantes consiste en integrar rutinas que neutralicen lo que no podemos evitar. Para mí, esto consiste en hacer ejercicio, no negociar mis horas de sueño y tratar de tener una alimentación sana.
¿Por qué les he contado todo esto? Porque soy de los que piensa que cada uno de nosotros debe incorporar una estrategia de bienestar propia que se ajuste a su realidad, pues no hay una receta única para priorizar nuestro más preciado activo: nosotros mismos. Digo esto porque, de la misma forma en que lo que estresa a una persona no estresa a otra, lo que descomprime a una persona no lo hace a otra. Se trata, a fin de cuentas, de un recorrido individual que vamos descubriendo a través de un proceso continuo de prueba y error. Si aún no te estás priorizando, te exhorto a que emprendas ese camino de autoconocimiento y bienestar. Tú, tus seres queridos, tus colaboradores y tus clientes lo agradecerán. ¡Buena suerte!