Les contaré una de esas lecciones de la cotidianidad de las que extraigo grandes aprendizajes.
Hace dos semanas impartí una conferencia en la @Feria Internacional del Libro. A mitad de la charla, mientras recorría con la mirada a la audiencia, de repente mi vista se detuvo en una persona. A todas luces, parecía no estar disfrutando del evento. Se trataba de un hombre de unos 40 años, con el ceño completamente fruncido, el rostro tenso e inmóvil, y señales evidentes de enfado.
Mi mirada seguía recorriendo la sala, pero no podía evitar que, cada cierto tiempo, volviera a posarse en él, como queriendo validar si algo de lo que decía lograba modificar el semblante de aquel señor. Nada de nada.
El ego hizo su aparición, y la situación empezó a sentirse como un reto personal. O, mejor dicho, como un duelo de voluntades. Puse más énfasis que nunca en las anécdotas, en los temas tratados e incluso incorporé uno que otro comentario jocoso. Mi histrionismo y expresividad estaban al máximo… pero nada lograba mover ni un solo músculo de aquel rostro.
Varios minutos después, recordé el criterio del 5 %, el cual nos indica que, por razones biológicas o de condicionamiento, hay un 5 % de las personas que, a primera impresión, nos rechazan. Así que, resignado, decidí seguir fluyendo con mi presentación. No había nada que hacer con aquel señor. Él había ganado el duelo.
Terminó la conferencia y, al bajar del escenario, muchas personas se me acercaron a agradecerme, felicitarme y tomarse una que otra foto. En uno de esos giros, entre el mar de personas, me topé frente a frente con aquel señor serio de la audiencia. Me apretó fuertemente la mano, me dio unas palmadas en el hombro, me miró fijamente a los ojos y me dijo sonriendo: “Entré por accidente a esta conferencia y jamás pensé lo impactante que sería para mi vida. Usted me mantuvo 45 minutos pensando y reflexionando intensamente sobre todas las cosas incorrectas que estoy haciendo, y me ha mostrado cómo reorientarlas. Le estoy eternamente agradecido.”
Ese episodio me mantuvo dándole vueltas a la cabeza el resto de la tarde, al punto de que casi no disfruté el éxito de la conferencia. Me recordó cómo, en muchas ocasiones, sacamos conclusiones o moldeamos nuestras conductas hacia otros a partir de falsas impresiones basadas en las apariencias. Aquel hombre, que aparentaba estar disgustado, simplemente estaba inmerso en un profundo proceso de introspección y autoevaluación. Personalmente, me gusta mucho el enfoque que da Malcolm Gladwell a este tema en su libro Talking to Strangers, donde explora cómo tendemos a malinterpretar a los demás por confiar demasiado en lo que vemos superficialmente o lo que creemos entender.
Y esto sucede a menudo. Pensemos en todos esos momentos de la vida cotidiana en los que sacamos conclusiones precipitadas sobre los demás basándonos en simples apariencias… o en aquellas veces en que hemos desestimado a alguien por una impresión fugaz, sin darnos cuenta de las enormes oportunidades de aprender que estamos dejando pasar. O, aún peor, las oportunidades que esa persona podría estar perdiendo por nuestras etiquetas injustas.
De vez en cuando vale la pena dar una segunda oportunidad a nuestras primeras impresiones…


