Ser congruente…

Eran finales de 1999. Por fin llegó el momento de repartir, por primera vez entre los socios, una porción de beneficios económicos de nuestro programa de televisión Gestión. El monto para cada socio no era significativo, pero recuerdo como hoy lo feliz que estaba de cosechar los frutos económicos de aquel proyecto que con tanto esfuerzo habíamos construido y que tan buena aceptación había logrado. Desde semanas atrás, y como diríamos en buen dominicano, yo estaba “haciendo cerebro” con los dos o tres gustillos que iba a adquirir con ese dinerito. En el tope de la lista, subrayado y con una estrellita, estaba un hermoso bolígrafo que meses atrás había visto en una tienda y del que me había enamorado.

Llegó el gran día, y sin perder tiempo fui directamente al banco a cambiar mi cheque. Desde allí mismo, me dirigí a la tienda. Veinte minutos después, ya tenía en la mano mi anhelado autorregalo. Aquel bolígrafo era precioso, elegante y sobrio. Definitivamente superaba todas las expectativas que me había creado durante ese tiempo de espera. Pero más que eso, representaba para mí un valor intangible e incuantificable, debido al esfuerzo que hubo detrás para poder comprarlo.

Con el tiempo, mi bolígrafo pasó a ser uno de mis bienes más preciados, ya no solo por su costo o simbología, sino porque fue mi compañero inseparable durante 17 años en todas las transacciones, acuerdos, apuntes en reuniones y anotaciones de ideas. Les parecerá jocoso, pero creo que lo veía como un amuleto de la buena suerte, pues fue mi testigo fiel en todas las operaciones que contribuyeron al afianzamiento de mis empresas con el paso del tiempo. En más de una oportunidad se me extravió, solo para reaparecer —en situaciones a veces tan inverosímiles como increíbles— y sacarme así de la amargura ante tan irreparable e irremplazable pérdida. De hecho, en varias ocasiones mi esposa me dijo en tono de chanza que, si me pusieran a escoger entre ella y mí bolígrafo, ella tenía más que claro cuál sería mi decisión…

Un día acudí a una reunión con una ejecutiva conocida que también era una potencial cliente. Culminada la reunión, y ya en mi vehículo, saliendo del edificio, me di cuenta de que, por descuido, había dejado sobre la mesa del salón de reuniones mi bolígrafo que había utilizado para firmar un acuerdo de confidencialidad.

Como ya estaba en la avenida, y era de una sola vía, decidí dar la vuelta a la manzana para ir a buscar el bolígrafo. Mientras regresaba al edificio, llamé a la ejecutiva a su celular, pero no respondió, por lo que procedí a comunicarme con la recepción de la oficina. Al contestar la recepcionista, le expliqué lo sucedido y que ya estaba de camino a recogerlo. Ella me indicó que lo verificaría en lo que yo llegaba.

Cuando llegué a la recepción, sonriente y esperanzado, la chica, con cara de mortificación, me indicó que había ido al salón y que las personas que lo estaban utilizando le habían dicho que no habían visto bolígrafo alguno. También me comentó que había preguntado a la señora de la limpieza, quien le aseguró que ella tampoco había visto el bolígrafo. Me preguntó si debíamos consultarlo con la ejecutiva, pero no lo consideré prudente. En primer lugar, porque ella había salido del salón de reuniones junto conmigo, por lo que no pudo haberse percatado de que dejé el bolígrafo, y, en segundo lugar, para no ponerla en una situación embarazosa que pudiese dañar la incipiente relación de negocios. Así que opté por dejar el tema así. Hasta ese funesto día había llegado mi relación sentimental con mi bolígrafo…

Muchos temas podrían abordarse en relación con aquel incidente. Pero, para mí, el más relevante, y el que confieso que hasta el día de hoy me intriga, es el hecho de que aquel bolígrafo se extravió entre personas que habían escogido emplearse en un trabajo formal y honesto, el cual obviamente demandaba integridad. Dicho de otra forma, ante la tentación de quedarse con algo ajeno sin que hubiese una aparente consecuencia, alguien, que hasta ese momento había decidido ganarse la vida honestamente, claudicó y se adueñó de un bolígrafo que no era suyo.

A lo largo de mi vida adulta he pregonado que nuestros sistemas de valores no pueden sostener principios opuestos al mismo tiempo. En otras palabras, no es posible mantener, de manera auténtica, valores que se anulan mutuamente. Por ejemplo, no se puede ser honesto y deshonesto a la vez, sincero e hipócrita al mismo tiempo, humilde y ostentoso de forma simultánea, virtuoso un día y perverso el otro, ético en un momento e inmoral en otro. Podemos decidir asumir un papel o montarnos en un personaje, pero nuestro sistema de valores —o aquello de lo que estamos hechos—, más temprano que tarde, queda descubierto, como la arena cuando se retira la marea. En definitiva, a la hora de hablar de valores no hay espacio para incongruencias.

Con todo lo anteriormente expuesto, no quiero decir que no podamos un día cometer un error y arrepentirnos de forma sincera. También quiero dejar claro que reconozco la existencia de lo que se denominan “situaciones atenuantes”. Por ejemplo, un padre sin recursos que tenga un hijo gravemente enfermo al borde de la muerte puede verse tentado a tomar lo ajeno para salvarlo. Pero no podemos regirnos en la vida por las excepciones. Lo que está mal, está mal y lo que está bien, está bien.

Así que la próxima vez que te veas ante una disyuntiva y debas tomar una decisión que vaya en contra de tus principios y valores, ten presente que hay mucho más en juego de lo que crees o imaginas. A partir de esa decisión, serás otra persona y, en definitiva, estarás renunciando a tu esencia.

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