Nuestra mejor versión…

El día no había arrancado de la mejor manera, con una llanta de mi vehículo desinflada y la presión de una agenda que no daba espacio casi ni para respirar. Cuando ya iba de camino a cumplir con mis compromisos, de repente, recibí un mensaje de mi asistente: «Don Ney, usted tiene que ir a firmar un contrato pendiente que me dijeron que no puede pasar de hoy. Ah, y recuerde que tiene que llevar el sello.» 

«Grrrr. ¿Pero por qué tengo que ir a firmar ese contrato tan lejos y dedicarle media mañana, con lo complicado que ya estaba mi día? ¿Por qué ellos no envían los contratos para firma electrónica y todo se formaliza en un santiamén, sin tener que salir de la oficina?», me pregunté, contrariado. «Esto me va a retrasar todo». Respiré hondo un par de veces, me entregaron el sello y me dirigí a las oficinas donde debía firmar el contrato.

Atravesé la ciudad en medio del infartante tráfico. Cuando por fin llegué a mi destino, el estacionamiento estaba lleno. Tuve que aparcar lejos y caminar una gran distancia bajo un calor intenso, solo para darme cuenta en el vestíbulo del edificio de que, por las prisas de llegar, había dejado en el vehículo el sello, aquel que tanto me habían insistido en que tenía que llevar. Con el tiempo en contra, tuve que salir prácticamente corriendo a buscarlo bajo un sol implacable. Definitivamente, la ley de la atracción se estaba aplicando a sus anchas gracias a las malas vibras que había puesto a aquella encomienda y al humor con el que había iniciado mi día…

Entré en la oficina donde me esperaban, me identifiqué y me hicieron pasar a una salita de espera improvisada, donde había más personas, por lo que tuve que permanecer de pie. Miraba la hora una y otra vez hasta que, finalmente, apareció una joven abogada con un tocho enorme de papeles que cargaba en ambos brazos y se dirigió a mí: «Hola, señor Díaz. Por favor, acompáñeme al cubículo.»

 Ahí estábamos en el cubículo: aquella sonriente joven y yo (para nada sonriente…), con aquella torre de papeles sobre el escritorio delante de mí. Cuando me percaté de que esa torre de papeles de casi 30 centímetros de alto era mi contrato, solo atiné a preguntarle a la joven: «¿Y voy a tener que firmar, inicializar y sellar todos esos documentos?» En mi vida, nunca había visto un contrato tan extenso. La joven, cuya expresión cambió de sonriente a ligeramente apenada, me respondió: «Uy, sí, perdone. Es que nos dimos cuenta de que usted no firmó los del año pasado y me pidieron que los incluyese”.

A esas alturas, yo apenas disponía de 20 minutos para todo aquello, pues tenía una reunión muy importante luego. Respiré hondo dos veces otra vez y opté por fluir con la situación. Y no se me ocurrió ni quejarme ni hacer ningún comentario a aquella joven, que tenía cero responsabilidad sobre cómo estaba yendo mi mañana según mi percepción.

Mientras firmaba lo que me parecía una infinita columna de documentos, y para hacer más llevadero el proceso, decidí romper el silencio. Naturalmente, inicié con la pregunta: «¿Tienen ustedes contemplado incorporar la firma digital?» 

En una de las pausas durante la conversación paralela a la firma, la joven me dijo: “Hace tres años tuve la oportunidad de escucharle en un evento de mi universidad y quedé impactada de por vida con algunas cosas de las que habló. Compré su libro y, desde ese día, lo sigo”.

Ese comentario me hizo detenerme, no por lo que dijo, sino porque pensé en qué habría pasado si, en aquel maratónico proceso de firmas, siquiera por un instante, yo hubiese permitido que mis “vibras” de esa mañana secuestraran mi accionar. También me pregunté cómo hubiese reaccionado aquella joven si yo, mientras firmaba aquellos documentos, tuviera el ceño fruncido o hubiese mostrado mi frustración. ¿Qué hubiese pasado con la percepción que aquella chica tenía de mí y que le servía de ejemplo profesional?

Por algún motivo, me llegó a la mente la famosa frase: “Sigue adelante, tú no sabes a quién estás inspirando”, que nos recuerda que siempre hay alguien para quien somos un referente y ejemplo y que, con esa gran responsabilidad, debemos modelar nuestra conducta siempre. De hecho, durante ese ejercicio mental mientras inicializaba y sellaba cada una de esas páginas, creé mi propia adaptación de aquella frase: “Mantén siempre a raya tu peor versión, pues para alguien eres un ejemplo a seguir”. Esto nos hace evitar que las emociones nos secuestren y nos inspira a ir por el mundo con nuestra mejor versión posible activada. Esto no quiere decir que debamos anular nuestros sentimientos, emociones y sensaciones. Somos humanos y podemos tener un mal día. Pero sí debemos tener presente que los demás no tienen la culpa de nuestras batallas y no tienen por qué cargarlas. 

Más que todo eso, aquel episodio fue un recordatorio de que la forma y la actitud con la que iniciamos el día traza la pauta para todo lo que sigue. Y que debemos buscar rituales y rutinas que nos ayuden a garantizar que iniciemos esas primeras horas del día con la mejor actitud posible. Te aseguro que todas las personas con las que interactúes te lo agradecerán.

 

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