Piensa como un inmigrante

Desde muy joven, siempre me maravilló que los fundadores y dueños de muchas de las principales y más grandes empresas de mi país fueran inmigrantes que habían llegado sin un centavo. Muchos de ellos, sobre todo los de primera generación, contaban con muy poca formación académica y llegaron con pocos o ningún contacto local. Me intrigaba profundamente cómo lo habían logrado cuando, en apariencia, todas las probabilidades estaban en su contra. En otras palabras, quería saber cuál era el secreto de su éxito.

Sabía que la mística y la disciplina de trabajo de estas personas debían ser a prueba de balas. También asumía que su sagacidad y su visión de negocios eran incuestionables. De igual forma, su enfoque y tenacidad resultaban evidentes a la luz de los resultados. Y daba por hecho que, para lograr lo que habían construido, debían tener una gran ambición y un fuerte espíritu de sacrificio. Sin embargo, la realidad es que hay muchas personas con esas mismas cualidades que, aunque progresan en la vida, no necesariamente construyen grandes emporios.

¿Cuál era entonces la clave? ¿Cuál era exactamente ese ingrediente adicional que les daba esa ventaja?

Un día cualquiera, a mis 26 años, un abogado en una reunión de trabajo hizo un comentario, relacionado con otro tema, que me hizo clic: “El problema que tenemos muchos es que hemos caído en la trampa del estatus, y eso nos impide progresar como quisiéramos”. ¡Eureka! Había encontrado la pieza que completaba el rompecabezas. Estas personas tan exitosas habían logrado, durante décadas, no caer en la “trampa del estatus”.

Tal como escribí en mi Carta del Director en Gestión en octubre de 2012, quienes caen en la trampa del estatus toman decisiones, incluidas las financieras, muy por encima de sus posibilidades, solo para sostener la imagen que desean proyectar o, peor aún, el nivel de vida al que aspiran. Adquieren bienes y servicios que exceden su margen real de ingresos, hipotecan sus ingresos futuros y terminan atrapados en una espiral de la que es muy difícil salir.

El inmigrante, por el contrario, tiene una clara ventaja frente a la mayoría: no tiene nada que demostrarle a nadie. Esto le permite manejar niveles de austeridad y frugalidad que pocos pueden sostener. De esta forma, puede enfocar sus recursos y energías, sin distracciones ni tentaciones, como un láser, en dos objetivos claros: sostener a su familia y construir su negocio. Como bien decía John D. Rockefeller: “Actúa como si no pudieras comprar un pan hasta que descubran que eres el dueño de la panadería.” A esto es a lo que he llamado la mística del inmigrante.

Algunos, al leer esto, se preguntarán: “¿Y cómo me aplica a mí si soy empleado y ya tengo una hipoteca, un préstamo del carro y mis hijos en un colegio bilingüe?” o “¿Quiere decir que no debo darme ningún gusto con el fruto de mi trabajo honesto?” Nada que ver. Mi mensaje va en otra dirección. Así como un aficionado al golf puede aprender de Tiger Woods sin aspirar a ser campeón mundial, o un inversionista novel puede aprender de Warren Buffett sin pretender ser multimillonario, todos podemos aprender de las mejores prácticas de quienes han logrado resultados extraordinarios para mejorar nuestra propia realidad.

En esencia, aplicar la mística del inmigrante consiste en algo muy simple y, para mí, fundamental para las personas de éxito: aplazar la gratificación. Sacrificar algunos gustos del presente a cambio de mayores satisfacciones en el futuro. Dicho de otra manera, se trata de reemplazar el famoso “puedo y me lo merezco” por el menos famoso “puedo y me lo merezco, pero ahora mismo no debo”.

Y recuerda el efecto acumulativo de las pequeñas decisiones que tomamos cada día: priorizar hoy lo verdaderamente importante, con intención y paciencia, nos ayuda a construir los grandes logros del futuro.

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