Ser o no ser sinvergüenza, esa es la cuestión…

Este episodio sucedió un día cualquiera a mediados de 2006, época de mi vida muy demandante física y emocionalmente, en la que navegaba un crecimiento importante de nuestro negocio. Una tarde me llamó la chica que nos asiste en casa y me dijo:
“Don Ney, aquí hay una señora que se llama Maricarmen que lo está esperando para su cita de masaje”.

“¡¿A mí?!”, recuerdo que exclamé, totalmente extrañado. “Debe ser a otro vecino”.

“No, don, ella dice que es a usted y que su mamá la mandó”.

Luego de pensar por unos segundos, recordé que, días antes, durante una visita a mi madre, ella me había visto tan agobiado que sugirió (más bien, insistió) que me diera un masaje con su masajista. Accedí a regañadientes para complacerla, y ella la llamó de inmediato para coordinar la cita. Para cuando salí de la casa de mi madre, ya lo había olvidado por completo.

En medio de mi ajetreo, sentí la tentación de decirle a la masajista que, por favor, canceláramos la cita y que yo le pagaría la sesión por el inconveniente. Pero luego pensé que, precisamente por el agobio que tenía ese día, debía hacer una parada forzada. Así que pedí que me esperase unos minutos (yo vivía relativamente cerca de la oficina y, en ese entonces, no había tantos tapones), y arranqué para mi casa.

Cuando llegué, me encontré con aquella señora sesentona, con una gran sonrisa y una agradable voz de locutora que inspiraba paz, esperándome pacientemente a pesar de mi evidente retraso. Le pedí excusas profusamente y ella procedió a preparar el espacio para trabajar.

Una vez que todo estuvo listo para iniciar, la señora se aplicó aceite en las manos, las posó sobre mis trapecios y, como si hubiese tocado una plancha o un sartén caliente, las retiró con rapidez, levantándolas en señal de asombro. Inmediatamente dejó escapar un suspiro profundo, como el que hace alguien cuando sabe que tiene por delante una misión titánica, para luego decir en tono sereno:
“Señor Ney, disculpe la confianza, pero quisiera aconsejarle que hay que ser un chin sinvergüenza”.

Luego siguió, como mejor pudo, dándome aquel masaje.

La intención detrás de aquella expresión espontánea de doña Maricarmen era sugerirme que buscara una forma de reducir mi nivel de estrés, ya que la tensión que ella había notado acumulada en mis músculos era excesiva. Por el bien de mi salud, me sugería tomar las cosas un poco más a la ligera y asumir mis compromisos y responsabilidades con menos rigurosidad.

Si les digo que he seguido a rajatablas el consejo que doña Maricarmen me dio aquel día, les mentiría. Pero sí he aprendido a organizar mis prioridades y, tal como explico en mi libro RESTART, a medir el retorno sobre el estrés de cada acción que realizo o de cada decisión que tomo. Dicho de otra forma, trato de estresarme solo por las cosas que realmente lo ameritan. Y, sobre todo, he aprendido a buscar mecanismos de compensación. De eso también hablo en mi libro Las 12 preguntas.

Desde aquel consejo, no he dejado de reflexionar sobre algo. En un entorno donde la oferta de talento es limitada y el compromiso no es un rasgo cultural imbuido en el comportamiento cotidiano de las personas, los líderes, clientes, empresarios y ciudadanos hemos buscado mecanismos de supervivencia, transándonos por la opción menos mala. Y en ese proceso de concesión masiva y generalizada, es muy posible que el sistema, con sus recompensas y penalidades, favorezca que el incumplidor, el irresponsable, el informal, el impuntual, el chapucero o el inconstante se salga con la suya, o, al menos, no sufra en la justa proporción las consecuencias de su accionar.

El problema es que, al final, las cosas se tienen que hacer bien y dentro de un plazo determinado, por lo que alguien siempre termina pagando el precio. Alguien tiene que compensar con esfuerzo, tiempo, energía o recursos lo que otros dejaron de hacer o hicieron mal. Y todo eso genera tensión. Dicho de otra forma, una proporción importante del estrés que experimentan las personas responsables no proviene necesariamente de sus propias obligaciones, sino de tener que compensar continuamente las irresponsabilidades de otros.

Pero la solución no es ser “un chin más sinvergüenza”, pues la realidad es que si nosotros no pagamos el precio de esta forma de operar, otros lo harán y no es justo. Tampoco se trata de transigir ni de ceder a la mediocridad ni, mucho menos, de dar lo mínimo posible en lo que hacemos.

Se trata, quizás, de entender y asumir que viviremos situaciones que contribuirán a elevar nuestros niveles de tensión y que, lamentablemente, esto es inevitable. Y que quizás lo más saludable es incorporar válvulas de escape que eviten que nuestro principal activo, nosotros mismos, se deprecie aceleradamente por culpa de los demás.

Después de todo, si algo he aprendido desde aquella conversación con doña Maricarmen, es que muchas veces el problema no es la carga que nos corresponde llevar, sino la que terminamos cargando por los demás. Y para cargar pesado, debemos estar siempre en la mejor condición posible.

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