Dos visiones, una libreta…

Hace ya un tiempo contraté unas lecciones privadas con un destacado coach, ahora amigo, para trabajar en algunos aspectos como speaker que entendía que debía pulir y mejorar un poco más.

El primer día, el coach me regaló una hermosa libreta negra de piel de una prestigiosa marca, con mis iniciales grabadas delicadamente en letras plateadas. Recuerdo que, al recibirla, quedé muy impresionado por lo elegante que era y por su excelente terminación. Inmediatamente pensé en lo bien que se vería en el escritorio de mi home office, que precisamente estábamos acondicionando esos días. Le di las gracias, la guardé e inicié mis clases.

Recuerdo como si fuera hoy que, mientras guardaba la libreta, el coach seguía detenidamente cada movimiento de mis manos, con una expresión evidente de extrañeza en su rostro. Pero no le presté mayor atención en ese momento.

En la tercera sesión de coaching, luego de saludarle y sentarme, saqué, como en los días anteriores, mi vieja libreta de apuntes para seguir tomando notas. En esa ocasión, como cuando alguien lleva tiempo guardándose algo y ya no puede esperar más para decirlo, el coach me preguntó, intrigado y con el rostro serio:

—¿Y por qué no usas la que yo te regalé?

Le expliqué que me la había encontrado tan fina y elegante que había decidido guardarla para estrenarla en mi nueva oficina en casa. Con un gesto que daba la impresión de que no estaba del todo convencido de mi respuesta, asintió y continuamos con la sesión.

Mientras yo estaba encantado con la libreta y quería que formara parte de uno de mis proyectos personales más importantes de ese momento, mi coach había interpretado que aquella libreta, que me había obsequiado para agradarme y para que fuera útil durante nuestras sesiones, no me había gustado.

Ahora extrapolemos esta anécdota, aparentemente trivial, a la vida.

¿Cuántas veces hacemos, instruimos, decimos, informamos o solicitamos algo y nos molestamos porque el otro no reacciona ni actúa como esperábamos?

¿Cuántas veces nos ilusionamos con lo que alguien hará a partir de una acción o de un mensaje nuestro, sin siquiera haberle preguntado qué piensa al respecto o sin tomar en cuenta su forma de procesar las cosas?

¿Y cuántas veces terminamos decepcionados por una decisión, una acción o una omisión de alguien sin detenernos antes para preguntarle cuál fue su proceso mental para actuar de esa manera?

Ese sencillo episodio fue para mí profundamente ilustrativo de muchas situaciones de nuestra vida cotidiana en las que damos por sentadas nuestras expectativas y, cuando la otra persona no hace lo que esperábamos, no nos sentimos bien, pues interpretamos mal los mensajes. También me evidenció cómo muchas veces tomamos decisiones que, para nosotros, tienen todo el sentido sin comunicarlas a los demás implicados, lo que puede confundirlos. Por ejemplo, ¿qué me hubiese costado a mí decirle al coach que su espectacular libreta tendría un lugar de honor en mi nuevo escritorio? Esa simple explicación le habría permitido entender mi decisión de no usarla durante nuestras sesiones e incluso saber cuánto valoraba su regalo. Sin embargo, mi silencio dio pie a la interpretación.

Con los años he aprendido que una de las mayores amenazas para cualquier relación no es la mala intención, sino la facilidad con la que llenamos los vacíos de información con nuestras propias interpretaciones. Por eso, antes de sentirnos decepcionados, molestarnos o incluso juzgar a alguien, debemos asegurarnos de que lo que estamos interpretando realmente sea lo que ocurrió. O al menos conocer la perspectiva del otro sobre la situación.

Con demasiada frecuencia no son los hechos los que deterioran nuestras relaciones. Son las historias que construimos a partir de nuestras creencias y condicionamientos. Y pocas cosas afectan más las relaciones que creer que sabemos por qué alguien hizo o dejó de hacer algo, cuando nunca nos dimos el trabajo de preguntárselo.

Muchas veces no reaccionamos a la realidad, sino a la interpretación que hacemos de ella. Cuando nuestras palabras o decisiones pueden dar lugar a interpretaciones, vale la pena explicarlas. Como enseñó Epícteto hace casi dos mil años: “No son las cosas las que nos perturban, sino los juicios que hacemos sobre ellas”.

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