La Solapa Doblada…

Hace unos cuantos años asistí a una actividad con motivo del aniversario de un cliente. Como no me gusta conducir con la chaqueta puesta, fue apenas cuando llegué al parqueo del lugar que, luego de bajarme de mi vehículo procedí a ponerme ésta. Estuve en la actividad durante más o menos una hora, durante la cual saludé y departí con varios amigos. De igual forma también compartí con clientes, conversé con algunos proveedores y obviamente conocí a algunas personas. Podría decirse que entre saludos, contactos informales y conversaciones breves interactué con más de una treintena de personas.

Justo al momento de irme de la actividad me topé de frente con una cliente muy importante que iba llegando y a quien saludé. Luego del cordial saludo y una brevísima conversación ésta me dijo “disculpa” para luego inmediatamente proceder a extender su mano por encima de mi hombro derecho y arreglarme la parte de detrás de la solapa de mi chaqueta, la cual estaba totalmente levantada. Le di las gracias, nos despedimos y seguí tranquilamente hacia mi vehículo.

Al quitarme la chaqueta y subirme al vehículo, y a pesar de que el caso no revertía mayor importancia, pensé de repente en todos los amigos que había saludado, en todas las personas de confianza con las que había interactuado y de todos con los que había compartido por períodos relativamente extendidos de tiempo durante la actividad. Seguro que todos y cada uno de ellos habían visto la “solapa doblada”, pero sorprendentemente ninguno me hizo la observación, y mucho menos y a diferencia de esta última persona, habían extendido su mano para arreglarla ellos mismos.

Por algún motivo que desconozco el incidente me puso a pensar en la cantidad de veces que ya sea por la falta de confianza, por evitar el rechazo, por miedo al conflicto o la confrontación, por temor a herir sus sentimientos, por indiferencia, por carencia de sinceridad, o incluso en casos extremos por mezquindad o antipatía, evadimos ayudar a las demás personas con que compartimos diariamente a identificar, corregir y superar sus “solapas dobladas”. Obviamente con “solapas dobladas” no me refiero literalmente a éstas, y de hecho ni siquiera me refiero a algo relacionado con vestimenta. Me refiero a actitudes, comportamientos, paradigmas, hábitos, patrones, creencias limitantes, prejuicios, reacciones, pensamientos, etc. que identificamos en éstos y que sabemos expresamente que no les aportan en nada a crecer como personas o como profesionales.

El no evidenciarle a una persona con la que interactuamos constantemente sus “solapas dobladas” es a mi parecer uno de los actos de irresponsabilidad más grandes que podemos cometer, pues muchas veces la persona está tan inmersa en su realidad y en sus propias “historias” que sencillamente no puede ver las cosas desde otra perspectiva. Y probablemente, el escuchar a alguien decirles las cosas desde un plano diferente es en muchas ocasiones lo mejor que le puede pasar. Pero más allá, el no hacerlo en el momento oportuno, y que luego esa persona sufra gravemente las consecuencias de esta conducta o actitud, es el peor cargo de conciencia con el que podemos convivir.

Identificar las “solapas dobladas” no significa para nada iniciar una campaña de críticas (muchas veces destructivas) a todo el que nos rodea. O peor aún, con el argumento de querer dar una crítica constructiva, emitir juicios de valor o desahogar nuestra animadversión hacia una persona. Tampoco se trata de, bajo la excusa de ser “sinceros”, descargar nuestras frustraciones, ira e inconformidades internas en los demás, con el objetivo (muchas veces inconsciente) de llevarles a nuestro plano de infelicidad. Tampoco se trata de, con el pretexto de hacerle ver la realidad, neutralizarle las ilusiones, los sueños y las aspiraciones a un semejante. De igual forma, para nada consiste en evidenciar o juzgar defectos sin ninguna contrapartida de nuestra parte…

Identificar las “solapas dobladas” implica un esfuerzo sincero, desinteresado y honesto de querer ayudar a la otra persona a ser un mejor ser humano. Debe primar la empatía y sobre todo la candidez. No se trata de juzgar y de mucho menos aconsejar “basado en nuestra experiencia”, pues cada ser humano es único, con realidades propias y a estas alturas a ninguno de nosotros nos han dado todavía a un diploma de “experto en la vida”. Debe consistir en una acción puntual en la que el único objetivo (y créanme cuando les digo que lo contrario se nota a leguas) es ayudar al otro a ser mejor. No puede ser un ejercicio rutinario y constante pues como dice el dicho “al que es poco conversador siempre se le escucha cuando habla”. Y sobre todo, si usted no está dispuesto a escuchar y dedicar tiempo no lo haga, pues hará más daño que bien…

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