Nunca desfallecer…

“Estimado Sr. Díaz:

Muchas gracias por su correo y su interés en representar nuestra organización. Le informo que, coincidencialmente, el Sr. Albert Abendiz* estará desde el 2 a 7 de abril en su país impartiendo un programa en un hotel en Bávaro para uno de nuestros clientes internacionales. Considero que esa sería la oportunidad ideal para que usted se reúna con él y le haga personalmente su planteamiento. Le recomiendo que se comunique con él en esos días para que entre ambos busquen un espacio de mutua conveniencia para reunirse y conversar al respecto. Aquí debajo le dejo la información del hotel donde se estará hospedando.

Le saluda,

Nancy Pedraza*

Este es el e-mail que recibí en marzo del 2002 como respuesta a unos diez correos anteriores que había enviado en el transcurso de los últimos tres meses a una importante organización global de capacitación y desarrollo, la cual yo estaba muy interesado en representar. No podía estar más contento de que mi perseverancia había sido recompensada y de que estaba un paso más cerca de mi anhelo de representar esa prestigiosa institución en el país.

Como siempre sucede cuando uno espera algo, los días pasaron con lentitud. Pero, finalmente, llegó el esperado 2 de abril. Pensando que el Sr. Abendiz pudo haber llegado tarde y que al otro día estaría trabajando con el grupo, me programé para llamar a las 6:00 p.m. a su habitación. Hice dos intentos infructuosos ese día, así que le dejé un mensaje en el buzón de voz, identificándome y dejándole mis datos de contacto. Pasaron los días 4 y 5 de abril y resultó imposible contactar al Sr. Abendiz a pesar de mis múltiples llamadas. La ansiedad se estaba acumulando, pues, cada día que pasaba, mis posibilidades de tan importante reunión se desvanecían. Le escribí sobre la situación a la Sra. Pedraza, pero no recibí respuesta alguna.

La noche del día 5, me acosté pensando cuál podría ser el curso de acción. El día 6 era el único posible para aquella reunión y yo estaba a 4 horas de Bávaro. La única forma de viabilizar esa reunión era hablar con el señor muy temprano en la mañana. Procedí a llamarlo a las 7:00 a.m. a su habitación, solo para verme de nuevo conversando con la ya muy conocida grabación del buzón de voz. Ante este intento fallido, y con el tiempo en contra, se me ocurrió que la única vía era tratar de comunicarme con el salón donde el señor Abendiz trabajaba con el cliente. O, si eso no era posible, implorarle a alguien de la recepción del hotel para que fuera a localizarlo de mi parte.

A la sexta llamada al salón, y siendo las 8:50 a.m., tomó el teléfono una joven. Me identifiqué y le dije que el Sr. Abendiz estaba esperando mi llamada. Me dijo que esperara un minuto. Pasaron siete. Finalmente, un señor con voz gruesa y acento extranjero tomó el teléfono. Yo estaba eufórico de haber logrado mi meta. “Sr. Abendiz, qué placer saludarle y poder conversar con usted. Mi nombre es Ney Dí…”. Hasta ahí llegué cuando aquel señor, con voz altiva y tono tajante, me interrumpió, diciendo: “Mire, estoy a punto de iniciar una capacitación y no puedo hablar ahora”. Y dicho esto, colgó el teléfono.

Recuerdo como hoy que, tal como en las películas, alejé al auricular de mi cara y lo miré, como si todavía no creyese que esta conversación acababa de suceder. No se me olvidará nunca la sensación que tenía al cerrar el teléfono. Era un cóctel de asombro, indignación, frustración, enfado y autocuestionamiento. Me preguntaba cómo pude pasar de estar a punto de avanzar un paso más hacía un sueño a recibir una de las desconsideraciones más grandes que había recibido hasta ese momento. En medio de mi amargura, envié un breve correo a la Sra. Pedraza donde le decía: “Lamentablemente, a pesar de múltiples intentos, no fue posible conversar con el Sr. Abendiz. Por favor, indíqueme cuándo podríamos tener una conversación”. Tampoco recibí respuesta…

Decidí no pensar más en representar aquella organización. Transcurridos un par de días, el episodio había sido superado, pero no olvidado, como puede notar en esta historia. Sin embargo, esa “pasada de página” solo duró unas semanas hasta que vi un anuncio de prensa anunciando un taller de esa organización conjuntamente con una empresa local de consultoría. Pensé dentro de mí: “¿Y no hubiese sido suficiente decirme que ya tenían una alianza con otra empresa?”.

Unos tres años después, sonó mi celular. Del otro lado estaba el director de aquella consultora local para indicarme que había pedido mi teléfono a un amigo común y que quería reunirse conmigo. Transcurridos unos días, llegó a mi oficina acompañado de un señor con cabello y barba blancos. Luego de los saludos, nos sentamos en la mesa e intercambiamos tarjetas en silencio. Me quedé de una pieza al ver la tarjeta de aquel señor canoso. Arriba tenía el logo de la famosa consultora internacional y un nombre debajo: Albert Abendiz… Luego de respirar hondo, con el rostro sonriente y como si no hubiese pasado nada, les pregunté que en qué podía ayudarlos. Para no agobiarlos con los detalles, se los resumo de forma simple: la empresa local quería salirse del negocio de las capacitaciones y entendía que la nuestra debía ser la aliada de la organización del Sr. Abendiz en nuestro país para eventos abiertos. Sin titubear, les dije que sí. Apenas cinco años después, adquirí junto con un socio la licencia de esa consultora internacional para la República Dominicana. Al día de hoy, no le he preguntado a Albert Abendiz si, cuando fue a verme por primera vez, él no se acordaba de aquella cuasi conversación de tres años atrás o si, como decimos en buen dominicano, “se hizo el chivo loco”. La realidad es que nunca me ha interesado saber la respuesta.

Son muchas las lecciones que se pueden extraer de esta historia, pero me limitaré a compartirles algunas de las que aprendí en este episodio. No desfallezcan y no permitan que nada ni nadie se interponga en sus sueños y aspiraciones. Actúen correctamente siempre, trabajen duro, tengan paciencia, y verán como todas las puertas, incluso aquellas que en un momento se les cerraron, se abrirán solas y con mayores posibilidades. O, incluso, aparecerán otras oportunidades mejores que les harán entender por qué aquellas puertas no se abrieron. Pero, sobre todo, nunca se llevan las situaciones al plano personal. Si le hubiese dado el más mínimo espacio al resentimiento, esa alianza no se habría realizado y yo no hubiese alcanzado ese anhelado sueño.

*Nombres ficticios

Importancia de la perseverancia en el liderazgo empresarial, una anécdota personal de Ney Díaz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *