Cuidando nuestros pensamientos…

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Una de las cinco metas personales que venía aplazando desde hace años, y que logré iniciar durante la actual pandemia (conjuntamente con tomar clases de francés, hacer stand up paddle, montar mountain bike y certificarme como mentor), ha sido invertir (tímidamente) en bolsa. Al igual que las otras cuatro actividades nuevas, el aprender de este nuevo mundo de las inversiones de renta variable ha sido, para mí, un intenso proceso de aprendizaje. Y no me refiero solo a aprender los conceptos, las dinámicas de los mercados, las variables a considerar, y a buscar y analizar la información. También, me refiero a desarrollar uno de los factores que mayor diferencia pueden hacer en que te vaya muy bien o muy mal: la gestión de la incertidumbre…

Resulta que hace unas semanas, en una de esas rachas malas del mercado, le comenté a un amigo, mucho más veterano que yo en ese mundo, que en esa semana había perdido una cantidad “x” de dinero. Su respuesta fue muy tajante y contundente: “Solo lo pierdes si vendes. Recuerda, en el mercado de valores, el dinero pasa del impaciente al paciente”. Su planteamiento tenía toda la lógica del mundo: la pérdida, hasta ese momento, solo sucedería de forma real si vendía esa acción o acciones, pues solo en ese preciso momento que retiraba esta acción de mi portafolio al venderla, perdía la posibilidad de que recuperase o aumentase su valor. En pocas palabras, solo una acción que se vende pierde su capacidad de apreciarse dentro de tu portafolio. Y la gran realidad es que, en sentido general (a menos que incidan otros factores de fuerza mayor), la mayoría de las acciones suben de valor en el largo plazo.

Esto que acabo de describir tiene un nombre en el mundo de las inversiones y se denomina “pérdida o ganancia no realizada” (unrealized gain / loss). Ese concepto es muy sencillo y consiste en el aumento o disminución que ha tenido tu monto invertido a raíz del incremento o disminución del valor general del portafolio de acciones en el que estás invirtiendo. Este es un monto “vivo” que va aumentando o disminuyendo segundo por segundo en la medida que transcurre la jornada bursátil.

¿Por qué les hablo de todo esto? Les aseguro que no es para hacerles una inmersión al mundo de las inversiones en bolsa (algo que muchísimos otros pueden hacer con más propiedad y autoridad que yo). Lo hago porque al final de aquella conversación con mi amigo, de repente pensé: “Al igual que el hecho de que las ganancias y pérdidas no realizadas solo se concretizan en el momento que vendes, los pensamientos positivos o negativos solo se convierten en realidad cuando los transformamos en creencias y tomamos decisiones en función de ellas.” En pocas palabras, los pensamientos “no realizados” solo se “realizan” si tomamos la decisión de darles cabida.

Este planteamiento no tiene nada de novedoso. De hecho, ya lo decía Buda en su frase: “Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado: está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos”. Sin embargo, esto se trata de algo que casi todos dominamos al 100 % en la teoría, pero apenas unos pocos lo llevan a la práctica.

A diario, nuestros cerebros son bombardeados con pensamientos positivos y/o negativos involuntarios. Los pensamientos negativos vienen en forma de dudas, autorreproches, autocuestionamientos y justificaciones. Los positivos vienen en forma de gratificaciones, autoelogios y autorreconocimientos. La realidad es que no tiene mucho sentido (ni conviene) evitarlos, ni mucho menos censurarlos. Estos forman parte de nuestra biología y, en esencia, es lo que nos diferencia de los animales (la conciencia). De lo que sí tenemos la prerrogativa es de darles cabida y convertirlos o no en afirmaciones que nos definan. Es por ello que, debemos hacer un ejercicio constante de desarticulación de todos aquellos pensamientos que no nos aportan y que limitan nuestro potencial. Y debemos trabajar en esto hasta que este proceso de descarte se transforme en un hábito inconsciente. Esto es lo que el Dr. Daniel G. Amen denomina, en su libro Your Brain is Always Listening, domar nuestros dragones.

Hay que cuidarse, también, de los pensamientos negativos disfrazados de positivos, pues estos constituyen un alimento de alto nivel de nutrición para el ego, y casi siempre son la antesala del fracaso. Por ejemplo, una persona que piense que es muy exitosa podría caer en el conformismo o una persona que se considere totalmente feliz puede aferrarse demasiado a esa situación actual y no evolucionar o transformarse cuando la situación lo amerite. O incluso amargarse si cambian las circunstancias. De igual forma, una persona que piense que es brillante puede acomodarse y dejar de actualizarse y de cultivar los factores que han contribuido con su desarrollo intelectual.

Quisiera terminar con una frase de Gandhi que resume la intención de este post: “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.»

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