Una lección prematura…

Era la víspera de mi cumpleaños número seis, para el cual mis padres me preparaban una pequeña celebración. Tomé el teléfono y llamé a mi amigo Pedrito (nombre ficticio), quien era dos años menor que yo, para plantearle la idea de que aprovecháramos que nos veríamos en mi cumpleaños para armar un avión de juguete que volara de verdad. La idea le resultó fascinante a Pedrito. Procedí a asignarnos las tareas para tan ambicioso proyecto: “Ok, yo me encargaré de conseguir los motores y tú te encargarás del avión”. Pedrito aceptó de forma entusiasta. Inmediatamente, me puse manos a la obra. Desarmé mis dos carros de pilas de forma meticulosa y pausada (como si fuese un técnico de Intel desarmando un microcircuito) para que no se dañase ningún componente. Recuerdo que sentía cierta tristeza al desarmar dos de mis juguetes favoritos, pero había que sacrificarse en nombre del avance de la ciencia. Finalmente, ya tenía los dos motores (uno original y otro de respaldo).

Llegó mi cumple y, aunque contento de recibir a mis amiguitos y tantos regalos, solo estaba pendiente de que llegará Pedrito. Finalmente, vi llegar al cul-de-sac donde yo vivía el vehículo de la madre de Pedrito. Como si se tratase de una película en cámara lenta, vi a su madre aparcar aquel vehículo blanco y a Pedrito bajarse con una bolsa enorme en sus brazos. Mientras caminaba hacia mí, el corazón me palpitaba aceleradamente. Cuando finalmente estábamos de frente, me saludó y sacó de la bolsa un regalo. Lo tomé en la mano con una sonrisa y sin mirarlo mucho le pregunté: “¿Trajiste el avión?”. Con una sonrisa, dijo que sí y procedió a meter la mano de nuevo en la bolsa. Desde mi perspectiva, esas fracciones de segundo parecían horas.

Finalmente, Pedrito sacó el avión. ¡Y me quedé estupefacto! Aquel avión al que le íbamos a poner un motor para que surcara los cielos consistía en dos pedazos rústicos de madera (de las que usan para los andamios en las construcciones) clavados con un clavo oxidado en el medio… Una mezcla de incredulidad con indignación me invadió mientras miraba a Pedrito sonriente con la cruz en sus manos. No me pregunten de dónde me salió la diplomacia a esa corta edad, pero recuerdo que, todavía con la mandíbula en el suelo, tomé aquella cruz de madera y me la llevé para dejarla juntos con los otros regalos. No tengo mucha memoria de que pasó después ese día. Lo lógico es que me hubiese amargado, pero, conociéndome, seguro que aquel enfado duró apenas unos minutos. Aunque, por lo visto, la lección duró para toda la vida, pues la recuerdo como si hubiese sido ayer…

Podríamos hacer un caso de Harvard de todo lo que falló en ese proceso. Desde los problemas de no llegar a acuerdos concisos y precisos, hasta el peligro de suponer que lo que el otro entiende es lo mismo que lo que uno asume. Yo, que era el ideólogo de tan importante proyecto aeronáutico, debí de asegurarme de que mi visión de lo que era un avión era lo mismo que Pedrito entendía. Pero no solo eso. A pesar de que hablamos con frecuencia, en ningún momento constaté que lo que él estaba trabajando era lo que ameritaba. Podría seguir enunciando los errores que hubo aquí, pero para qué dedicarle mucho tiempo a una inocentada de dos niños de cuatro y seis años respectivamente…

La gran realidad, pura y simple, es que todo esto que he mencionado fueron manifestaciones de una causa de mayor envergadura. La raíz de aquella decepción radicó en un simple hecho: yo idealicé…

Viendo el episodio en retrospectiva, en mi mente no solo armé con lujo de detalles la imagen de aquel avión volando (lo cual obviamente iba a ser imposible con un motor de pilas), sino que, también, imaginé con un nivel de detalle impresionante aquel avión que fabricaría o que buscaría Pedrito. Y lo interesante es que a lo largo de esas semanas previas a mi cumple, no utilicé ninguna de mis conversaciones con Pedrito para validar si lo que él estaba haciendo se aproximaba a mi imagen mental. O si incluso él tenía una mejor alternativa a mi idea. Simplemente, seguí en todo momento con la película en mi cabeza sin validar más nada. Y pagué las consecuencias. Dicho de otra forma, no solo cometí el error de idealizar, sino que, además, tampoco comuniqué cual era mi visión de este ideal.

Quienes han tenido la oportunidad de leer mi libro Las 12 preguntas recordarán que planteo que existe una vía muy sencilla para ser infelices y, de paso, hacer infelices a quienes nos rodean. Y esta consiste en hacer de la comparación un hábito. Si bien aún mantengo esta posición, he aprendido también que la idealización es una mayor causa de infelicidad que la comparación misma (y si combinamos ambas, ni hablar de semejante cóctel negativo). No obstante esto, muchos vamos por el mundo idealizando con lujo de detalles relaciones, negocios, trabajos, experiencias y proyectos. Y al no resultar tal cual como los imaginamos, nos generan enorme frustración, sin darnos cuenta de que, probablemente, lo que tenemos o logramos es incluso mejor. De hecho, estamos a veces tan aferrados a nuestras preconcepciones y fijaciones de lo que algo debe ser que no nos permitimos ver si hay alguna virtud en esta nueva opción. O evaluar si, a fin de cuentas, esto es lo que realmente nos conviene.

La pandemia que vive la humanidad va acompañada de enormes perjuicios, sobre todo a los que han perdido seres queridos, perdido sus trabajos o sus empresas. Pero, también, ha implicado enormes lecciones a incorporar. Una de estas es que no tiene ningún sentido idealizar, pues, al final, hay que adaptarse a las posibilidades y a lo que permite la situación. De igual forma, en el actual contexto, muchas de las actividades que desarrollamos no necesariamente las realizamos en un formato que podamos considerar ideal. Sin embargo, nos hemos adaptado y, en una enorme mayoría de los casos, hemos optado por fluir en una situación que no controlamos.

Es muy importante que aprendamos el arte de no idealizar. No solo nos ahorraremos muchas decepciones, sino que, definitivamente, seremos más felices.

4 comentarios de “Una lección prematura…

  1. Avatar
    Osvaldo Bazil dice:

    Excelente Ney. Cuantas amarguras sufrimos por creer que nuestras ideas es lo mejor, solo para darnos cuenta que al otro o no le interesa, o no lo ve con el mismo interés o simplemente no entendió el concepto de lo que planteamos. La comunicación previa y durante el proceso es vital para que los actores cumplan, aunque quizas con diferencias, la idea que hemos concebido.

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    Maridic dice:

    ¡Qué lindo aprendizaje y a tan corta edad! Un regalo maravilloso que ahora compartes. Nunca insistiremos lo suficiente en pulir y optimizar un arte tan delicado y relevante como la Comunicación Efectiva.

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